México se encuentra literalmente sentado sobre un gigante energético que aún no ha logrado despertar. Con un volumen estimado en 545 billones de pies cúbicos de recursos de gas no convencional, la Agencia de Información Energética de Estados Unidos (EIA) ubica al país entre las seis principales potencias mundiales en este rubro. Esta envidiable posición coloca a la nación tan solo por detrás de potencias consolidadas como China, Argentina y el propio Estados Unidos. Sin embargo, poseer el recurso atrapado en el subsuelo dista mucho de tenerlo disponible en la superficie para encender la economía.
La posible explotación de estos vastos yacimientos aún se encuentra en una rigurosa fase de análisis. El próximo dictamen del comité técnico correspondiente sobre la viabilidad de estas extracciones podría marcar un punto de inflexión histórico en la política energética nacional. No obstante, como advierte Ramsés Pech, asesor especializado en energía y economía, el panorama es complejo: aunque México posee cuencas con un altísimo potencial para garantizar su seguridad y soberanía energética, adolece de la infraestructura crítica necesaria para integrarlas de manera efectiva al sistema nacional.
El cuello de botella del fracking: La red de transporte
Actualmente, la dependencia del país hacia esta molécula es innegable e insustituible. Datos del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP) revelan que el gas natural representa cerca del 45.5% del suministro total de energía primaria en México. Es el insumo vital que mantiene operando de forma continua a las centrales de generación de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y a los motores de la industria pesada y manufacturera.
Para que el gas no convencional llegue a sus destinos finales de consumo, lograr extraerlo es apenas el primer paso; es imperativo tejer una red de soporte logístico de gran calado. Esto exige inversiones multimillonarias para desarrollar sistemas de recolección de última generación, plantas especializadas de separación y deshidratación, estaciones de compresión, ramales logísticos y, sobre todo, una malla de gasoductos regionales.
El mapa actual del país muestra marcadas asimetrías. Mientras que la cuenca de Burgos ya cuenta con cierta conectividad al sistema nacional de gasoductos, otras cuencas altamente prometedoras —como Sabinas-Burro Picachos o Tampico-Misantla— enfrentan limitaciones logísticas severas que harían prácticamente imposible evacuar una eventual producción a gran escala.
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Nearshoring y el efecto multiplicador en la economía
De lograrse detonar una nueva era en la construcción y expansión de gasoductos regionales, el impacto económico a nivel nacional sería profundamente transformador. El objetivo central de esta infraestructura es conectar de manera directa las nuevas fuentes de suministro con los principales nodos de consumo: plantas generadoras de electricidad, zonas industriales en expansión y los corredores estratégicos vinculados al fenómeno del nearshoring.
La experiencia internacional ofrece un espejo claro. De acuerdo con análisis del National Bureau of Economic Research (NBER) de Estados Unidos, el desarrollo de gas no convencional, cuando se encuentra perfectamente articulado con la infraestructura adecuada y la actividad productiva, se traduce en un dinamismo económico sin precedentes y en la creación de cientos de miles de empleos directos e indirectos.
El futuro del gas en México requiere una visión integral. Las reservas abren un abanico de opciones inmejorables para fortalecer el suministro, pero su aprovechamiento real dependerá de construir una cadena de valor ininterrumpida. Como bien sentencia Pech de cara al inminente dictamen sobre la viabilidad del fracking en México: poseer la molécula es la condición necesaria, pero contar con la red para transportarla es lo que lo hace suficiente.











