Mientras México presume una mayor capacidad instalada de energías renovables en su matriz energética, las cifras del primer trimestre de 2026 muestran el reverso de la moneda. El país registró un nuevo máximo histórico en las importaciones de gas natural proveniente de Estados Unidos, consolidándose de manera definitiva como el principal cliente y mercado más importante para el gas estadounidense en todo el mundo, por encima de cualquier otro destino internacional.
Esta profunda dependencia no es menor. El gas importado alimenta los ciclos combinados de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y sostiene a industrias clave para la economía nacional —como la del acero, la química y la del vidrio—, llegando a representar alrededor del 60% de la generación eléctrica de todo el país. Esta vulnerabilidad estructural ya ha encendido las alarmas en el pasado; eventos recientes como las severas olas de frío en Texas o diversas tensiones geopolíticas globales han puesto en evidencia el enorme riesgo estratégico que significa depender de un solo proveedor para mantener encendidas las luces y las fábricas del territorio mexicano.
La contraofensiva de Sener: Triplicar la producción
Ante este escenario de vulnerabilidad, la Secretaría de Energía (Sener) ha reaccionado con el lanzamiento de una nueva estrategia nacional de gas. Bajo el plan presentado, la meta gubernamental es elevar la producción interna hasta los 5,871 millones de pies cúbicos diarios (MMpcd) en el corto plazo, escalando de forma agresiva hasta alcanzar los 8,310 MMpcd hacia el año 2035.
Lograr este objetivo implicaría prácticamente triplicar la capacidad productiva actual del país. Para ello, el gobierno planea activar nuevos desarrollos tanto en campos convencionales como no convencionales, además de impulsar proyectos estratégicos asociados a la alianza entre Pemex y Petrobras. Toda esta infraestructura y planeación se encuentra formalmente inserta en los programas del Centro Nacional de Control del Gas Natural (CENAGAS) para el periodo 2026-2030, contemplando una expansión planificada de la red de gasoductos y el reforzamiento de las estaciones de compresión.
Tensiones estratégicas y la “gas-dependencia”
La implementación de este plan genera profundas tensiones en la política pública. Por un lado, asegurar un mayor suministro de gas es una condición indispensable para sostener la actual política de generación (basada en ciclos combinados complementados con renovables) y para abastecer la enorme demanda industrial impulsada por el fenómeno del nearshoring.
Por el otro lado, una apuesta tan agresiva por el gas natural puede tensionar severamente los compromisos internacionales de descarbonización firmados por México, a menos que avance en paralelo la sustitución de combustibles aún más contaminantes y una expansión real del almacenamiento y las fuentes limpias. Diversos analistas advierten sobre el persistente “riesgo de gas-dependencia”, señalando que la verdadera soberanía energética no solo requiere producir más, sino diversificar urgentemente tanto la matriz de generación eléctrica como las fuentes de insumos energéticos del país.











