Si conduces de noche por las sinuosas carreteras del sureste mexicano, cerca de los grandes complejos procesadores de crudo, inevitablemente notarás un resplandor hipnótico en el horizonte.
No son las luces de una metrópoli emergente ni el faro de un aeropuerto. Son los gigantescos mecheros de Pemex, ardiendo ininterrumpidamente contra la profunda oscuridad del cielo tropical. A simple vista, estas inmensas columnas de fuego naranja parecen un símbolo imponente de furia industrial, una demostración del poderío energético del país. Sin embargo, para el ojo entrenado, ese fuego constante no representa fuerza, sino una de las hemorragias financieras más absurdas y devastadoras para la empresa productiva del estado. Cada llamarada está quemando, literalmente, millones de dólares.
La escena resulta incomprensible cuando alejamos la lente y observamos el panorama macroeconómico del país. México padece una crisis crónica de gas natural. Es la molécula indispensable para encender las calderas industriales, alimentar las fábricas manufactureras y, sobre todo, generar la inmensa mayoría de la electricidad que consume el país. Para mantener su economía funcionando, el país importa diariamente cantidades masivas de gas desde Texas. Cuando una tormenta invernal congela los ductos texanos, el norte de México sufre apagones y parálisis industrial inmediata. Y aquí radica la paradoja; mientras la industria nacional implora desesperadamente por molécula extranjera, Pemex ventea y quema a la atmósfera niveles récord de su propio gas natural.
¿Cómo es posible que un país sediento decida vaciar deliberadamente su propia cantimplora en la arena mientras le compra agua carísima al vecino?
La respuesta fácil suele atribuirse a la simple estupidez burocrática o a la pura incompetencia técnica. Pero en los sistemas complejos, la incompetencia rara vez explica comportamientos tan consistentes. La verdadera razón es mucho más fascinante y perturbadora. Tiene que ver con una falla estructural profunda en cómo medimos el éxito corporativo. Es un fenómeno que los economistas del comportamiento podrían denominar la economía de la inercia. Y todo se reduce a una perversa estructura de incentivos donde el corto plazo asesina sistemáticamente al futuro, algo muy mexicano.
Para Pemex, el gas natural siempre ha sido tratado como el hermano menor y molesto del petróleo crudo. Cuando se extrae el crudo del subsuelo, el gas suele salir acompañándolo como un producto asociado. En un sistema eficiente, la empresa capturaría ese gas, lo procesaría y lo enviaría a través de una compleja red de ductos hacia los hambrientos centros industriales en el centro y norte del país. Pero construir esa infraestructura requiere inmensas inversiones de capital inicial, un riguroso mantenimiento sostenido y varios años de paciencia para comenzar a observar los ansiados retornos financieros.
El Estado mexicano no opera bajo esas lógicas temporales de largo alcance. Las administraciones gubernamentales y los directivos de las empresas públicas viven atrapados en la asfixiante tiranía de los presupuestos anuales y las metas de producción mensuales. Si un gerente invierte miles de millones hoy en capturar gas, su balance financiero anual lucirá desastroso, reduciendo sus bonos y poniendo en grave riesgo su estabilidad laboral inmediata. Ante esta enorme presión matemática, el sistema descubre una salida administrativamente eficiente. Bajo las métricas de evaluación actuales, resulta contablemente más barato encender un cerillo, quemar la molécula, pagar las minúsculas multas ambientales correspondientes y continuar extrayendo el valioso crudo sin grandes distracciones logísticas.
Esta es la trampa perfecta de la inercia burocrática institucional. Las decisiones aisladas, que parecen completamente racionales desde el limitado escritorio de un oficinista preocupado por su cierre fiscal de diciembre, terminan sumándose para crear una gigantesca catástrofe nacional irreversible. Al evitar el doloroso costo inicial de la necesaria infraestructura de captura, el país se condena voluntariamente a una eterna dependencia geopolítica y económica. La soberanía energética se evapora, literalmente, convertida en inútiles emisiones de dióxido de carbono sobre el Golfo de México, mientras el erario público envía carretadas de dinero hacia el extranjero para comprar exactamente el mismo recurso natural que acabamos de incinerar.
Para empeorar significativamente las cosas, este oscuro mecanismo psicológico institucional opera en completa oscuridad ciudadana y política. La inmensa mayoría de los contribuyentes asume erróneamente que las empresas estatales actúan buscando maximizar el beneficio público general. Ignoran totalmente que sus funcionarios son rehenes de un excel implacable que castiga severamente la visión preventiva.
El mechero solitario ardiendo en la profunda noche tabasqueña no es simplemente un error técnico solucionable. Es verdaderamente un monumento luminoso a la incapacidad del Estado para planificar más allá del calendario electoral. Nos demuestra dramáticamente cómo una mala métrica financiera gubernamental puede distorsionar por completo el comportamiento humano colectivo, obligando a personas razonables a cometer atrocidades económicas irreparables. La próxima vez que escuches encendidos discursos sobre independencia nacional, recuerda la fuga invisible. Mientras no apaguemos esos fuegos y construyamos los ductos indispensables, toda soberanía será solamente humo espeso desapareciendo rápidamente en la profunda oscuridad del horizonte mexicano.










