En junio de 2026, la Comisión Nacional de Energía (CNE) no aprobó ningún nuevo permiso de expendio de gasolina y diésel, a pesar de que el padrón nacional suma ya 14,406 permisos vigentes. El dato sería relevante por sí mismo, pero se vuelve más llamativo al confirmarse que 38 solicitudes de nuevas estaciones fueron reprogramadas para una sesión posterior, sin una resolución de fondo. En los hechos, casi cuarenta proyectos quedaron en la congeladora regulatoria justo en un contexto de cambio en la geografía gasolinera del país.
El frenón llega en un mercado donde, además, se acumulan señales de ajuste. A junio, la propia CNE reporta 172 permisos revocados en todo el país, a los que se suman 100 permisos terminados por renuncia de sus titulares y un episodio previo de 111 permisos declarados caducos en octubre de 2024, de los cuales 62 lograron recuperar su vigencia. No es, por tanto, un padrón estático: mientras algunos proyectos se apagan, otros intentan entrar y se encuentran con una ventanilla que, al menos en junio, no se movió.
¿Estamos frente a un endurecimiento deliberado del escrutinio regulatorio o frente a un simple cuello de botella administrativo? De momento, la única certeza es numérica: 38 expedientes que pudieron haberse resuelto se enviaron a mejor ocasión, mientras el conteo de estaciones autorizadas se quedó sin variaciones en el mes. Desde la óptica de los inversionistas, esa pausa se traduce en costos hundidos que se prolongan, mayor incertidumbre sobre plazos y, en algunos casos, riesgo de pérdida de vigencia de contratos de suministro, arrendamientos o financiamientos vinculados al proyecto.
En el trasfondo, la fotografía de junio revela un mercado donde la expansión ya no es tan acelerada como en los primeros años de apertura. Aunque siguen entrando nuevos jugadores a lo largo del año —123 permisos nuevos se habían emitido en 2026 hasta junio—, el hecho de que un mes cierre sin un solo permiso aprobado y con 38 expedientes reprogramados sugiere un cambio en el ritmo y en los criterios de autorización. En paralelo, la estructura actual de la red muestra estados con saturación relativa —como la Ciudad de México, que tiene un permiso cada 4 km²— y otros donde persisten rezagos territoriales o de cobertura frente al parque vehicular.
Para la autoridad, un mayor escrutinio puede justificarse por varios frentes: revisar con más detalle el cumplimiento de requisitos ambientales y de seguridad; evitar proyectos especulativos que terminan en estaciones cerradas, abandonadas o en predios donde la estación nunca se construyó, algo que ya hoy se refleja en el padrón. También puede responder a la necesidad de depurar el registro, corregir duplicidades —hay al menos un caso de dos permisos para la misma estación— y ordenar mejor la información de campo.
La otra lectura, sin embargo, es menos amable. Cuando los expedientes se acumulan sin resolución clara, la línea que separa el “mayor escrutinio” del “rezago administrativo” se vuelve borrosa. Para los desarrolladores de gasolineras, la señal que envía un mes sin aprobaciones y con decenas de solicitudes reprogramadas es de cautela: los tiempos de autorización se alargan, los riesgos regulatorios aumentan y los modelos financieros de los proyectos deben asumir escenarios más conservadores.
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El impacto no es homogéneo. En entidades donde el número de estaciones por habitante o por vehículo sigue siendo bajo, cada nueva gasolinera detenida en la ventanilla implica menor competencia y menos opciones para los usuarios finales. En plazas ya competidas, en cambio, el freno puede ser visto como un respiro para operadores existentes, en un mercado donde los márgenes se han visto presionados por costos crecientes y por la entrada de nuevas marcas.
La clave estará en la tendencia de los siguientes meses. Si junio se confirma como un episodio aislado, podremos atribuir las 38 solicitudes congeladas a un bache administrativo o a una sesión particularmente cargada. Pero si la CNE repite el patrón de no aprobar nuevos permisos y reprogramar expedientes de forma sistemática, el mercado gasolinero mexicano empezará a convivir con una nueva normalidad: menos crecimiento orgánico de la red, más salida de proyectos marginales y una mayor relevancia de la consolidación entre jugadores ya establecidos. En un sector que vive de horizontes de largo plazo, la certidumbre sobre tiempos y criterios de la ventanilla regulatoria será tan importante como la calidad del combustible que sale de cada bomba.











