El año 2024 trajo consigo el inicio de la gestión de Claudia Sheinbaum Pardo y el nombramiento de Víctor Rodríguez Padilla en la dirección general de Petróleos Mexicanos (Pemex).
Como el libreto político mexicano exige continuidad, la presidenta Sheinbaum no tardó en bautizar el problema con su propio sello discursivo, quejándose amargamente de la “maldita deuda corrupta de Calderón y Peña“. El único inconveniente es que las deudas no se pagan con adjetivos ni con conferencias de prensa todos las mañanas desde Palacio Nacional, y el monstruo financiero ya cobró vida propia.
Para el año 2025, la deuda financiera, lejos de seguir bajando, volvió a subir un 4.5%, trepando de los 94,500 millones de dólares recibidos a 98,786 millones. El optimismo oficial se aferró de inmediato a que la pérdida neta de ese año cayó a 45,208 millones de pesos, una reducción del 94.2% respecto al desastre del año previo.
Pero antes de que saquen el champán del Bienestar, hay que aclarar las trampas del estado de resultados. La empresa no mejoró porque produzca más crudo o venda más gasolina o sea más competitiva; redujo la pérdida gracias a que el gobierno le bajó la carga impositiva a niveles de risa y a que la cotización del peso frente al dólar le dio una mano. En cuanto las variables se movieron tantito, en el primer trimestre de 2026, la cruda realidad regresó con una nueva pérdida de 46,000 millones de pesos. El truco contable se agotó de inmediato.
Ubicados en el presente año 2026, el panorama de Pemex es una burla internacional.
La deuda financiera ronda los 99,000 millones de dólares, a los que hay que sumarles otros 23,000 millones de dólares que le deben a los proveedores que sí trabajan y operan en los pozos.
La deuda total real rebasa con comodidad los 120,000 millones de dólares, manteniendo firme a Pemex en el trono mundial de las petroleras más endeudadas de la
Tierra. El verdadero problema es el tiempo. Este mismo año vencen 18,700 millones de dólares.
Como la empresa no tiene esa liquidez ni vendiendo todo el petróleo del Golfo de México, la conclusión de esta historia de tres décadas es tan cínica como las matemáticas. El gran orgullo del nacionalismo mexicano es financieramente inviable. Fox la endeudó para gastar, Calderón la pateó hacia adelante, Peña la duplicó para la foto de la Reforma Energética y AMLO vació las arcas públicas para salvarla sin éxito.
Hoy, a Sheinbaum le toca administrar un laberinto donde Pemex ya no es la empresa que mantiene al país, sino el barril sin fondo que los mexicanos tendremos que seguir pagando con nuestros impuestos para que no arrastre a toda la economía del país en su caída.











