En 2018 la retórica cambió por completo. Se fueron los tecnócratas de traje sastre; y entró con todo la mística nacionalista y los discursos sobre la soberanía energética. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) decretó que Pemex no era una empresa, sino un altar patrio que había sido saqueado por los malos neoliberales. Para obrar el milagro de la resurrección, puso a cargo a Octavio Romero Oropeza, un ingeniero agrónomo cuya principal virtud contable era la lealtad absoluta al proyecto. 90% lealtad, 10% capacidad.
La contabilidad de este sexenio es un maravilloso ejercicio de prestidigitación. La narrativa oficial repitió hasta el cansancio que la deuda se redujo un 28%, pasando de un pico de 131,000 millones de dólares a 94,500 millones en 2024. Un logro monumental si uno olvida mencionar de dónde salió el dinero para pagar esa diferencia. Resulta que el “rescate” no se logró vendiendo más petróleo o siendo más eficientes; se logró quitándole dinero a los contribuyentes. El gobierno federal le transfirió a Pemex, la módica cantidad de 2.259 billones de pesos en apoyos directos y exenciones de impuestos.
Si desmenuzamos ese descomunal subsidio, la ironía salta a la vista. El 62.9% de esos 2.259 billones de pesos se fue directito a las cuentas de los acreedores internacionales para pagar la deuda vieja.
El nacionalismo obradorista terminó siendo el mejor pagador de Wall Street. El restante 37.1% se destinó a la sagrada infraestructura del sexenio, 320,000 millones de pesos para la refinería de Dos Bocas (que costó el doble de lo planeado); 17,000 millones para parchar el Sistema Nacional de Refinación (sigue sin funcionar); 4,000 millones para plantas de fertilizantes (que tampoco funcionan) y 27,000 millones para otros caprichos.
Todo esto coronado con la compra de la refinería Deer Park en Texas y las coquizadoras de Tula y Salina Cruz.
¿Y el negocio? Bien, gracias.
Pemex demostró que no ha sido rentable bajo ninguna circunstancia. Quitando el espejismo de 2023, donde tuvieron una modesta utilidad de 8,151 millones de pesos, el año 2024 cerró con broche de oro registrando la peor pérdida neta de su historia: 780,416 millones de pesos (unos 43,437 millones de dólares).
En total, durante el sexenio de AMLO, las pérdidas superaron el 1.3 billones de pesos. Pemex gana dinero sacando el crudo, pero pierde hasta la camisa intentando refinarlo y pagando los intereses de lo que debe. El rescate resultó ser una transfusión de sangre masiva a un cuerpo que no para de sangrar.











