Con la llegada de Felipe Calderón Hinojosa a la presidencia en 2006, las botas texanas de Vicente Fox fueron reemplazadas por los trajes oscuros de los tecnócratas egresados de universidades extranjeras. Ahora sí, nos advirtieron, venía la disciplina, el rigor de las hojas de cálculo y la prudencia fiscal. Para asegurar que nadie se saliera del guión, Calderón puso al frente de Pemex a Jesús Reyes-Heroles de 2006 a 2009, y luego a Juan José Suárez Coppel de 2009 a 2012.
Si uno revisa los números de la deuda de la petrolera estatal así por encima, casi les cree.
La deuda financiera pasó de los 51,160 millones de dólares foxistas a 58,646 millones al cierre de 2012. Un aumento de “solo” el 15%. Una moderación aparente que los voceros oficiales presumían en los informes de gobierno como si fuera un triunfo de la austeridad franciscana.
Pero siempre, el diablo está en los detalles, y la OCDE no tardó en arruinar la fiesta al revelar el verdadero truco de magia de este sexenio. El refinanciamiento de pasivos y el estiramiento de plazos. La genialidad tecnocrática de Reyes-Heroles y Suárez Coppel no consistió en resolver el problema, sino en patear el bote lo más lejos posible, una práctica recurrente en la política mexicana.
Aquel fue el periodo donde se perfeccionó el mecanismo que disparó la deuda a largo plazo.
El negocio era redondo para los bancos de inversión. Pemex seguía emitiendo deuda para pagarle al Estado, pero ahora refinanciando los vencimientos para que la cuenta le llegará al siguiente inquilino de Los Pinos.
Lo verdaderamente criminal de estos años de estabilidad ficticia es que el endeudamiento no se tradujo en absolutamente nada productivo, otra práctica común en Pemex. No se incrementó la producción de barriles, que es el principal negocio de Pemex.
El dinero de los inversionistas entró directamente a la licuadora del gasto corriente y al pago de intereses de una deuda que ya empezaba a acumularse. Calderón terminó su mandato entregando una empresa con balances limpios en el papel, pero con las tuberías financieras completamente carcomidas por los compromisos del futuro.
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