La presente serie periodística está concebida como una crónica histórica dividida en cinco entregas diarias, un formato que permite dosificar el análisis y sumergir al lector, día con día, en la anatomía de un desastre financiero anunciado. Lejos de la frialdad de un reporte contable o de la solemnidad acartonada del discurso oficial, la idea central de este espacio es narrar la evolución de la deuda de Pemex a través de un prisma satírico y mordaz, utilizando el sarcasmo como la única herramienta cuerda para diseccionar casi tres décadas de decisiones absurdas, complicidades institucionales y rescates cosméticos.
El objetivo principal no es solo registrar el asombroso incremento de los pasivos que hoy consolidan a la paraestatal como la petrolera más endeudada del planeta, sino evidenciar cómo cada administración federal, sin importar su color o retórica, terminó por convertir el gran orgullo del nacionalismo energético en un barril sin fondo sostenido artificialmente por el bolsillo de los contribuyentes. Espero que sea de su agrado.
La llegada de la alternancia en el año 2000 trajo consigo la maravillosa idea de que administrar una petrolera estatal era exactamente igual que gerenciar una franquicia de refrescos de cola. Vicente Fox Quesada asumió la presidencia con un optimismo desbordante y la firme convicción de que los grandes problemas nacionales se resolvían con una buena campaña de marketing.
Para operar este milagro en Petróleos Mexicanos, el Ejecutivo echó mano de Raúl Muñoz Leos del 2000 al 2004, y posteriormente de Luis Ramírez Corzo para cerrar el sexenio en 2006.
Antes de que estos genios de la administración privada pusieran un pie en las oficinas corporativas, Pemex arrastraba una deuda que, vista con los ojos de hoy, da un poco de ternura: apenas 12,500 millones de dólares heredados del cierre del siglo XX y de la gestión de Adrián Lajous. Una cifra casi pueblerina. Pero la nueva era democrática no podía quedarse corta.
Bajo la tutela de la dupla Muñoz Leos-Ramírez Corzo, los pasivos de la petrolera no aumentaron, se catapultaron en una trayectoria digna de cohete espacial hasta alcanzar los 51,160 millones de dólares en 2006. Estamos hablando de un incremento del 300%. Una verdadera hazaña de la ingeniería financiera: cuadruplicar los compromisos de una empresa en seis años sin que se note una sola mejora en su infraestructura.
¿En qué se gastó semejante carretada de dinero?
Aquí viene el primer gran chiste de la historia moderna de Pemex: el dinero se pidió prestado para pagar impuestos. El Estado mexicano, incapaz de cobrarle impuestos a los verdaderos grandes capitales del país, descubrió un mecanismo brillante y circular. Hacienda le exprimía hasta el último centavo a Pemex; luego, como la empresa se quedaba sin un peso para operar, los directivos salían corriendo a los mercados internacionales a emitir deuda para poder pagarle sus obligaciones tributarias al propio gobierno.
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El endeudamiento masivo que comenzó formalmente en 2006 fue, en realidad, el nacimiento de una costosa adicción donde se pedía prestado afuera para simular que el presupuesto público adentro estaba sano. Fox se despidió con las botas puestas y una sonrisa de oreja a oreja, dejando a la joya de la corona convertida en el aval financiero de un gobierno que gastaba como rico mientras empobrecía a su principal empresa.
Mañana en este espacio les contaré sobre el sexenio de Felipe Calderón.











