En 2026 el nearshoring dejó de ser una promesa abstracta para México y se volvió un examen diario de capacidad instalada: cuánta energía, agua y mano de obra calificada hay de verdad para sostener la ola de inversión. Las cifras son contundentes: en 2025 la inversión extranjera directa cerró en 40,871 millones de dólares, quinto año consecutivo al alza, y el primer trimestre de 2026 marcó un nuevo máximo histórico con 23,591 millones, un aumento anual de 10.4%. Pero detrás de estos récords, los estudios advierten que solo una fracción del nearshoring anunciado se está ejecutando plenamente.
El Banco de México y diversos análisis coinciden en que 2026 marca el inicio formal del periodo de “apogeo” del nearshoring, una ventana que podría extenderse hasta 2030 para relocalizar cadenas de suministro hacia Norteamérica. Sin embargo, un estudio reciente sobre el nearshoring automotriz señala que apenas alrededor del 14.7% de los anuncios se ha traducido en plantas en operación, evidenciando que los cuellos de botella ya no son solo fiscales o de permisos, sino infraestructurales.
En la práctica, tres factores se repiten en todos los diagnósticos: energía, agua y talento. Un análisis de 2026 advierte que el nearshoring enfrenta desafíos estructurales en estos tres frentes, que podrían limitar la llegada de nuevas inversiones si no se abordan con una estrategia coordinada entre gobierno y sector privado. La disponibilidad de energía eléctrica confiable y competitiva se ha convertido en un criterio clave para clústeres industriales y centros de datos; sin ella, nuevos parques se quedan en planos conceptuales o se desvían hacia otros países.
El componente hídrico se ha vuelto igual de crítico. En 2026, la disponibilidad de agua ya se reconoce como factor limitante para inversiones en regiones de alta presión hidrológica, particularmente en la frontera norte, donde convergen parques industriales, ciudades en expansión y estrés climático. Empresas globales que evalúan proyectos de alto consumo (automotriz, electrónica, alimentos y bebidas, semiconductores) ya no preguntan solo por incentivos fiscales; piden garantías sobre agua y energía, e incluso condicionan su llegada al acceso a infraestructura sustentable.
El tercer vértice del triángulo es el talento. El Banco Interamericano de Desarrollo y otros organismos reportan que México enfrenta un déficit importante en capital humano para industrias intensivas en tecnología: computación en la nube, ciberseguridad, inteligencia artificial y analítica de datos, entre otras. Según estos análisis, alrededor del 68% de los empleadores declara dificultades para encontrar los perfiles que requiere, lo que complica la operación de centros de servicios, plantas automatizadas y hubs de innovación vinculados al nearshoring.
En ese contexto surge el llamado “Plan México”: una estrategia de desarrollo económico orientada a capitalizar el nearshoring y fortalecer el mercado interno entre 2025 y 2030, con un componente clave de incentivos fiscales e inversión en infraestructura. El plan contempla una bolsa de alrededor de 30 mil millones de pesos —unos 1,500 millones de dólares— para estimular inversiones en activos fijos, innovación y capacitación, con deducciones inmediatas y esquemas de colaboración entre empresas y el sistema educativo.
Sin embargo, incluso este esfuerzo reconoce que no basta con incentivos; requiere una Constancia de Cumplimiento que acredita que los proyectos cumplen criterios de elegibilidad, incluyendo alineación con objetivos de sostenibilidad y desarrollo regional. En otras palabras, el nearshoring 2.0 pide a las empresas no solo traer capital, sino demostrar que sus proyectos encajan en una visión de infraestructura energética, hídrica y de talento más robusta.
Para empresarios e inversionistas, la conclusión es clara: la competencia por capturar el nearshoring ya no se juega solo en la mesa de los contratos o las ventajas laborales, sino en la capacidad de garantizar energía estable, agua suficiente y talento calificado en los territorios donde se asentarán nuevas plantas. Esto obliga a repensar estrategias de localización, relacionamiento con proveedores de energía, participación en proyectos de infraestructura conjunta y programas de formación dual con universidades y centros técnicos.
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El nearshoring había prometido convertir a México en la nueva potencia industrial del continente, pero 2026 demuestra que esa promesa tiene condiciones duras: sin más y mejor infraestructura energética, hídrica y de capital humano, la ventana de oportunidad puede cerrarse antes de consolidarse. La diferencia entre empresas que ganen o pierdan en este escenario estará en su capacidad para integrar desde hoy la conversación energética, hídrica y de talento en la mesa de decisiones corporativas, más allá de la narrativa optimista de las relocalizaciones.






