Es el día 105 y el pozo exploratorio Krem‑1 sigue ardiendo en la sierra de Las Choapas, Veracruz.
Desde el 5 de marzo, el fuego y la quema de gas se han vuelto parte del horizonte de las comunidades cercanas, a pesar de que la dirección de Pemex insiste en que el pozo “no está fuera de control” y que será sofocado antes del 20 de junio.
Todos los días hay gente que sube al cerro, para grabar videos, tomar fotografías y mandar reportes a la prensa local o bien lo sube a las redes sociales, para evidenciar la dramática situación. No lo hacen para buscar likes ni para llamar la atención; lo hacen porque viven ahí, porque ven el fuego y porque ellos y sus familias respiran el humo tóxico, que desde hace más de tres meses, les irrita la garganta y provoca malestar, sin que nadie les explique con claridad qué están inhalando.
Para quienes están lejos, quizá ya parece “lo mismo”. El mismo fuego, la misma columna de humo, el mismo ruido.
Pero ése es justamente el problema que muchos no están viendo, distraídos por la fiesta del Mundial o por la agenda política nacional, si parece lo mismo, es porque el desastre sigue exactamente igual.
Mientras el Krem‑1 siga ardiendo, alguien tiene que acompañar a quienes han decidido no guardar silencio. Son las personas que se niegan a normalizar una tragedia petrolera en el sureste como si el fuego fuera parte natural del paisaje, como si un pozo en llamas durante más de cien días fuera una simple postal “petrolera” y no una emergencia socioambiental.
Fotos publicadas por lo pobladores el día de ayer, muestran una gran llamarada que se eleva desde la base, rodeada de puntos donde también emanan gas y flama. En los videos tomados desde el cerro se escuchan con nitidez las detonaciones cuando el viento empuja la flama principal hacia otras zonas del yacimiento, donde siguen saliendo grandes cantidades de gas crudo. En los mismos materiales multimedia podemos observar grandes espacios manchados por crudo.
Ese gas, mezclado con partículas y otros contaminantes, es arrastrado por los vientos lejos de la zona cero.
No hay mediciones públicas independientes que detallen con precisión hasta dónde llegan las plumas de contaminación, pero las denuncias de comunidades no se limitan a un solo ejido. Los pobladores hablan de impactos en aire, agua, suelos y vegetación en diversos puntos de Veracruz e incluso más allá, en la región limítrofe con Tabasco y Chiapas.
El problema no es sólo técnico, es político y social. Mientras el incendio se prolonga, la información oficial se limita a frases como “bajo control” o “dentro de la norma”, sin entregar datos desagregados por comunidad ni un plan creíble de reparación del daño. Del otro lado, los habitantes siguen reportando olores fuertes, agua sospechosa, animales muertos, cultivos dañados y una sensación permanente de abandono.
Krem‑1 ya no es sólo un pozo que arde, es el recordatorio de lo que pasa cuando tienes una dependencia como ASEA que no sirve para poner en regla a Pemex y una emergencia petrolera se prolonga tanto que la opinión pública se acostumbra a verla como un fondo de pantalla más, mientras quienes viven cerca la respiran, la caminan y la padecen todos los días.











