Cuando Pemex afirma que en el río Pánuco “no se detectó hidrocarburo en fase libre”, mucha gente escucha otra cosa, “no hay contaminación”. Esa diferencia entre lo que dice la frase y lo que entiende la comunidad no es casual. Es el uso estratégico de un tecnicismo para reducir el problema a la parte que la empresa puede negar, mientras deja fuera todo lo que no quiere mirar.
En hidrogeología, “fase libre” significa que el hidrocarburo forma una capa líquida separada del agua, es decir, es una mancha flotando que se puede ver, bombear y contener con barreras. Si no hay una película visible o una acumulación de combustible puro, el laboratorio puede reportar que no existe hidrocarburo en fase libre. Pero eso no significa que el río esté limpio, ni que los impactos hayan desaparecido, sólo indica que ya no hay un charco evidente de petróleo en la superficie.
El primer truco de Pemex está ahí. Acotar el discurso a la parte más fotogénica del derrame. Lo que flota y se ve es apenas una capa del problema. Debajo de ese umbral visual quedan los hidrocarburos disueltos en el agua, las fracciones que se hunden y se adhieren al fondo, y la contaminación que se mete en la cadena alimentaria. Cuando Pemex repite que “no hay fase libre”, está hablando de la foto de hoy, no del historial químico del río ni de lo que ha ido quedando en el cuerpo de los peces y en la economía de los pescadores.
El segundo ángulo es el técnico, el de las fases que no se ven. Una parte de los compuestos del petróleo se disuelve en el agua y viaja río abajo como una pluma invisible. Otra parte se pega a los sedimentos del fondo, donde puede permanecer años. Y otra se acumula en los tejidos de la fauna acuática. Nada de eso se elimina porque haya desaparecido la mancha superficial. Al contrario, muchas veces, la fase libre es sólo la etapa más temprana y obvia de una contaminación que luego se vuelve crónica y mucho más difícil de rastrear.
Sin embargo, la narrativa oficial casi nunca entra en esa complejidad. No se habla de análisis de hidrocarburos totales, ni de compuestos aromáticos, ni de muestreos en sedimentos o en organismos vivos. No se explican los límites de detección, ni se dice si los estudios abarcan algo más que la presencia de producto puro. El mensaje se queda en una frase que suena contundente: “inexistencia de hidrocarburo en fase libre”. La elección de palabras no es inocente; está diseñada para sonar a absolución, aunque sólo cubra una fracción del problema ambiental.
El tercer ángulo es social y comunicacional. La distancia entre ese lenguaje y la experiencia cotidiana de las comunidades. Para los pescadores del Pánuco, el indicador no es el dictamen de laboratorio, sino el olor del agua, el estado de sus redes, las manchas en sus lanchas, la caída en las capturas y el rechazo del producto en el mercado. Cuando año tras año observan derrames, perciben olor a combustible y ven cómo se deprime su actividad, escuchar que “no hay fase libre” suena a burla, no a explicación.
Ahí se rompe la confianza. Pemex se refugia en un tecnicismo que, estrictamente, puede ser cierto en un momento y en un punto de muestreo específicos, pero que socialmente se lee como un intento de lavarse las manos. La comunidad percibe un río enfermo, una pesca cada vez más pobre y un historial de incidentes que se acumulan. El discurso corporativo, en cambio, simplifica el problema a una variable que se puede negar con facilidad.
Si Pemex quisiera reconstruir credibilidad, tendría que hacer exactamente lo contrario; explicar que la ausencia de fase libre no equivale a ausencia de contaminación, transparentar los estudios sobre contaminantes disueltos y sedimentos, e incorporar la evidencia que aportan quienes viven del río. Mientras no lo haga, “hidrocarburo en fase libre” seguirá sonando menos a rigor científico y más a fórmula para evadir responsabilidades frente a un río que sí está pagando las consecuencias.











