El nearshoring se ha convertido en la narrativa favorita de México para explicar la nueva ola de inversiones manufactureras y logísticas que buscan acercarse al mercado norteamericano. Pero detrás de los anuncios de parques industriales, centros de datos y nuevas plantas, hay un factor que empieza a separar promesas de proyectos concretos: la capacidad real del país para garantizar energía firme, especialmente gas natural, a precios competitivos y con niveles aceptables de sostenibilidad.
En 2026, distintos estudios coinciden en que la presión energética ya es uno de los principales obstáculos para capitalizar plenamente el nearshoring. Inmobiliare reporta que 91% de las empresas en parques industriales mexicanos enfrenta dificultades de suministro eléctrico y 40% tiene problemas con el abasto de gas natural. Eso significa que la simple disponibilidad de tierra dejó de ser suficiente; ahora el “producto competitivo” incluye energía firme, conectividad redundante, agua asegurada y servicios integrados. En otras palabras, sin gas y electricidad, el nearshoring se queda en discurso.
El gas natural está en el centro de esa ecuación. Es el principal combustible para la generación eléctrica en México y una pieza clave para sectores como el automotriz, aeroespacial, siderúrgico, químico y manufacturero, justo los que encabezan la relocalización industrial hacia el país. El Instituto Mexicano para la Competitividad lleva años señalando que, para aprovechar la regionalización de cadenas de valor, México necesita energía confiable, de bajo costo y con menor huella de carbono, lo que pasa por ampliar la red de gasoductos, desarrollar almacenamiento y modernizar la infraestructura eléctrica.
El problema es que esta ola llega sobre una base frágil. Hoy México consume alrededor de 9 mil millones de pies cúbicos de gas natural al día, de los cuales cerca de 6,800 millones se importan, principalmente desde Estados Unidos. Esa dependencia convierte cualquier choque externo —desde tormentas invernales en Texas hasta tensiones geopolíticas— en un riesgo directo para la seguridad energética y la competitividad industrial.
El gobierno federal reconoce el reto y ha empezado a mover piezas. La Secretaría de Energía presentó en abril un plan para reforzar la producción interna de gas natural, aprovechar reservas nacionales y reducir la dependencia de importaciones, con metas que implican casi triplicar la producción de Pemex en los próximos años. En paralelo, CENAGAS trabaja en un programa 2026-2030 para fortalecer la red de transporte de gas y blindar el suministro que alimenta buena parte de la generación eléctrica y la industria. La señal es clara: si México quiere sostener el nearshoring, no basta con parques y acuerdos comerciales; necesita gas y redes robustas.
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Sin embargo, el tiempo juega en contra. Expansión recuerda que el país pasó casi una década sin discutir en serio su estrategia de gas, y ahora busca reducir la dependencia de Estados Unidos con el reloj corriendo y los proyectos de ciclo combinado ya en marcha. A esto se suma la presión de criterios ESG y descarbonización: muchas multinacionales quieren energía más limpia y trazable, lo que abre espacio para soluciones híbridas donde el gas natural convive con renovables y almacenamiento, pero también exige reglas claras y estabilidad regulatoria.
Para las empresas que evalúan instalarse en México, el mensaje es cada vez más nítido: la verdadera competencia por inversiones se librará en infraestructura, logística y energía. Parques con energía firme, gas disponible y tiempos de conexión razonables tienen ventaja frente a zonas donde la ampliación de red tarda años o depende de decisiones políticas inciertas.
El nearshoring ofrece a México una ventana histórica para escalar su rol manufacturero en Norteamérica, pero la llave de esa puerta no está en los discursos, sino en algo más básico: asegurar que haya suficientes moléculas de gas y electrones circulando donde la industria los necesita. Si el país logra alinear inversión en gas, redes eléctricas y transición energética, la próxima ola industrial podrá apoyarse sobre una base sólida; si no, el concepto nearshoring corre el riesgo de convertirse en la oportunidad que se escapó por falta de energía.











