El anuncio de un posible acuerdo entre Petrobras y Pemex es una buena noticia. Nos recuerda el éxito de la petrolera brasileña en exploración, desarrollo de yacimientos y extracción de hidrocarburos en aguas profundas, tanto dentro como fuera de Brasil; así como sus capacidades técnicas en refinación y petroquímica. Todo ello, con base en una sólida plataforma de investigación científica, desarrollo tecnológico y formación de recursos humanos.
A lo largo de su historia, ambas empresas han mostrado ciertos paralelismos, en tanto que empresas petroleras nacionales; aunque también diferencias en el papel que han jugado a través del tiempo en sus respectivos países. Por un lado, Petróleos Mexicanos fue creada por el Gral. Lázaro Cárdenas del Río en 1938, poco después de la expropiación petrolera. Por el otro, Getulio Vargas impulsó la Ley 2.004 de 1953, que consagró el monopolio articulado por el Conselho Nacional do Petróleo y el inicio de operaciones de Petrobras en 1954. Vale la pena recordar que Lázaro Cárdenas y Getulio Vargas, al lado del argentino Juan Domingo Perón; son recordados en América Latina como los Jefes de Estado de mayor arraigo entre las clases populares de sus países, en el Siglo XX.
Por otra parte, aunque en momentos y circunstancias diferentes, tanto México como Brasil, entendieron al petróleo como instrumento de desarrollo nacional. Esa concepción convirtió a Pemex y Petrobras en instituciones de Estado, no solo en empresas petroleras. En este sentido, es muy conocido el papel de referente que jugó México en el desarrollo del sendero institucional petrolero de Brasil. En efecto, no solo fue cuestión de que los ingenieros y técnicos brasileños vinieran a nuestro país a culminar su formación, sino que el hermano país sudamericano tomó y adaptó el modelo IMP-Pemex, reproduciéndolo con la dupla de Petrobras y el Cenpes.
En la actualidad, de acuerdo al investigador uruguayo Eduardo Gudynas (Diez tesis urgentes sobre el nuevo extractivismo), las políticas públicas de México y Brasil en materia de hidrocarburos, con sus matices y especificidades, podrían incluirse en lo que él denomina “neo-extractivismo progresista latinoamericano”; caracterizado por “un estilo de desarrollo basado en la apropiación de la naturaleza, que alimenta un entramado productivo escasamente diversificado y muy dependiente de una inserción internacional como proveedores de materias primas.. (donde) si bien el Estado juega un papel más activo, y logra una mayor legitimación por medio de la redistribución de algunos de los excedentes generados por ese extractivismo, de todos modos se repiten los impactos sociales y ambientales negativos”.
En ese sentido, los gobiernos de izquierda latinoamericanos (con la notable excepción de Gustavo Petro en Colombia), no han cuestionado tanto el modelo extractivista, como la intervención del capital privado en el desarrollo de la industria de los hidrocarburos, en el reparto de la renta petrolera y en el destino final de la misma a través de los presupuestos nacionales. En el fondo, persiste la idea de que el desarrollo puede basarse en la apropiación nacional, vía el Estado, de la riqueza del subsuelo, como base material de la industrialización de los países.
En ese contexto, las circunstancias y los resultados operativos actuales de Pemex y Petrobras son muy contrastantes. Petróleos Mexicanos tiene dificultades para incrementar de manera significativa el volumen de extracción de hidrocarburos. Conforme al Reporte de Resultados del Primer Trimestre de 2026, descontando el volumen de condensados, la producción promedio en dicho trimestre fue de 1.368 millones de barriles diarios. Este volumen es apenas 0.4% superior al del mismo trimestre del año pasado (1.362 millones de barriles diarios); y 37.2% menor al del primer trimestre de 2018, cuando se extrajeron 1.877 millones de barriles diarios de petróleo. En cambio, Brasil en conjunto, alcanzó en 2025 una producción promedio histórica de 3.77 millones de barriles diarios de petróleo y marcó un nuevo récord en febrero de 2026, al llegar a 4.06 millones de barriles diarios de petróleo. Petrobras, con los campos que explota sola o con socios, aporta algo más del 90% del volumen de crudo extraído y de este, el 80% proviene de sus yacimientos en aguas profundas. Además, Petrobras realiza una importante actividad en el extranjero (América Latina, Estados Unidos, Africa) dónde extrae, entre crudo y gas, casi tres millones de barriles equivalentes de petróleo al día.
Más allá de las impresionantes cifras, el punto sustantivo es que, a diferencia de México, Brasil no ha obtenido este éxito solamente por su potencial geológico; sino también y sobre todo, por un adecuado y oportuno diseño institucional. Brasil construyó un modelo de seguridad energética antes de tener la primera gran evidencia de su riqueza petrolera. Esa secuencia importa mucho: primero hubo un Estado con visión de largo plazo, después una empresa con autonomía de gestión y un mandato de servir a la seguridad energética nacional, una política industrial basada en el desarrollo de capacidades tecnológicas propias y, finalmente, una dirección corporativa estratégica con objetivos claros. Después llegaron los descubrimientos geológicos, el escalamiento volumétrico y la sofisticación tecnológica.
En buena medida, las diferencias específicas en el sendero institucional petrolero entre México y Brasil, tienen su origen en al menos tres aspectos clave: el régimen fiscal aplicable a sus respectivas empresas nacionales petroleras, su base científica y tecnológica y su margen de autonomía frente al gobierno.
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A reserva de una mayor profundización en el análisis de ese y otros aspectos que han marcado la diferencia en el desempeño actual de Pemex y Petrobras; podemos adelantar algunos elementos que nos parecen importantes en los aspectos señalados en el párrafo anterior.
En el aspecto fiscal existe una enorme diferencia en el trato que reciben dichas petroleras. Esto tiene su origen más profundo en la dependencia fiscal que durante décadas tuvo México de los ingresos fiscales provenientes del sector petrolero. Aunque hoy han disminuido al punto de que Pemex requiere del apoyo gubernamental para solventar su deuda financiera y los pagos a sus proveedores de bienes y servicios; lo cierto es que proporcionalmente a sus ingresos por la extracción de crudo, la carga fiscal de Pemex aún es alrededor del 40% más pesada que la de Petrobras. En este punto incide, por supuesto, el hecho de que la recaudación fiscal brasileña, como proporción del PIB, es el doble de la mexicana.
En materia científica y tecnológica, mientras que Brasil ha realizado un esfuerzo sostenido de apoyo al Cenpes, como brazo tecnológico de Petrobras, la posición del Instituto Mexicano del Petróleo como su equivalente para Pemex, ha sufrido los embates tanto de la concepción neoliberal que casi lo convirtió en una empresa de servicios tecnológicos “como cualquier otra”; como del cortoplacismo que inhibió el desarrollo pleno de líneas de investigación como la de aguas profundas, cuyo centro de investigación creado para ese fin, tuvo incluso que cambiar de nombre…
En el plano institucional, Pemex a diferencia de Petrobras, ha carecido durante décadas de la autonomía de gestión y presupuestal que le permita tomar decisiones con base en la lógica petrolera de largo plazo. Por el contrario, la conducción de la empresa ha estado sujeta a las necesidades fiscales de corto plazo y al efectismo político necesario para legitimar al gobierno en turno. Desafortunadamente, los recientes cambios en Petróleos Mexicanos apuntan precisamente en este último sentido.











